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Hace unas semanas salieron a subasta unos derechos de televisión con un precio mínimo de cinco millones de euros. Se abrió la puja y no se presentó nadie. Cero ofertas. Lo que pasó después explica bastante bien por qué tu nómina lleva años en el mismo sitio.
La subasta que quedó desierta
España se partió en dos en cuanto se supo. Unos dijeron que era machismo; otros, que no le interesa a nadie. Y en esa discusión se perdió lo único que explicaba el resultado: una empresa ya tenía esos derechos —los había comprado años antes por treinta y cinco millones— y rescindió el contrato antes de que terminara. No por ideología. Porque no le salían los números. Eso no es una opinión: es una resta. Aquí está la parte que te toca. El precio de una cosa no lo fija lo que cuesta hacerla, ni lo que merece. Lo fija que alguien quiera pagarlo. Y eso vale para unos derechos de televisión exactamente igual que para tu trabajo: puedes llevar veinte años haciéndolo muy bien, con la mejor voluntad y sin fallar un día, y eso no crea por sí solo a nadie dispuesto a pagar más. El final de la historia lo contó muy poca gente, porque llegó cuando el ruido ya había pasado: en una segunda ronda sí hubo acuerdo, a tres bandas y por bastante menos. O sea que precio había. Solo que no era el que se pedía. Nadie regaló nada y nadie hizo un favor: se ajustó hasta que alguien dijo que sí.
| 💡 La diferencia práctica está en una palabra. El que espera que le suban el sueldo, espera. El que pregunta por qué su trabajo vale lo que vale —y qué tendría que pasar para que valiera más— está negociando, aunque no lo llame así. La primera conversación no se pide para hoy: se pide para entender qué está mirando quien decide. |
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